martes, 7 de abril de 2009

Raúl Ricardo por siempre.


La noticia corrió vertiginosa: Raúl Alfonsín falleció. A partir de ese momento la gente comenzó a llegar a su casa, la misma de siempre, en la Avenida Santa Fé. Aparecieron los de siempre, aquellos que siempre están atentos a gozar de un minuto de fama y capitalizarlo políticamente y otros que verdaderamente sienten una genuina estima por la figura del ex presidente. Pero también estuvo la gente, esa misma gente que en esas horas llegó al Congreso Nacional para darle un último saludo.

Es difícil pensar que otro político argentino pueda tener el poder de convocatoria a raíz de su fallecimiento. Incluso esta circunstancia motivó que Cristina Kirchner hablara con Julio Cobos, hasta el final Alfonsín siguió haciendo política. Desde luego, el pequeño diálogo no habrá pasado de las formalidades del caso pero ahí estuvo la mano de Alfonsín.

Raúl Alfonsín fue un dirigente que prestigió la política, hoy totalmente devaluada. Creía firmemente que la política y el sistema democrático son herramientas idóneas para cambiar la realidad del pueblo. En una época donde es políticamente correcto, donde vivimos regidos por la tiranía de las imágenes; Alfonsín siguió apegado a sus principios por convicción. La gente le reconoce eso y por eso el país se paró cuando se enteró de su fallecimiento. Una muestra de ello había ocurrido en 1999 cuando hacía campaña por la helada Río Negro. La camioneta en la que viajaba volcó y Alfonsín fue el más accidentado de los que viajaban en el ella porque no estaba usando el cinturón de seguridad. En aquel momento el país también se paralizó aunque más tarde suspiró aliviado cuando se enteró que había esquivado a la muerte. Esta vez no pudo ser.

El Presidente Raúl Alfonsín cometió muchos errores e incurrió en numerosas contradicciones, dos características de los grandes hombres. Es cierto que en su gobierno se descalabró, que la inflación que le dejó a su predecesor era galopante, que había cortes de energía programados, que la gente se agolpaba en los supermercado corriendo una carrera contra los empleados que no le daban respiro a las máquinas de remarcar y se tuvo que ir cinco meses antes de terminar su mandato. Es cierto, Alfonsín pasó a la historia por esos hechos conmocionantes y le costaría varios años reconciliarse con la misma gente que puso en él no pocas esperanzas. Pero también Raúl Alfonsín pasó a la historia, aún antes de morir, como un defensor de los Derechos Humanos, como el presidente que se animó a juzgar a las Juntas; una decisión que no se atrevió a tomar ningún mandatario de América Latina.

Los expertos en ciencias políticas sostienen que cada gobierno lleva una impronta, sin dudas la de Alfonsín fueron los derechos humanos y reconstruir los cimientos institucionales de un país que salía de la negra noche de la dictadura. Mucho se ha hablado acerca de este periodo e incluso se lo ha criticado por las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, pero a mediados de los ochenta el contexto político no era sencillo. La estructura represiva estaba muy enquistada en las fuerzas armadas y en las de seguridad, y tenían bastante predicamento y potencia como hacerle tres planteos y un ataque guerrillero. Alfonsín se mantuvo, evitó que corriera la sangre y literalmente le puso el cuerpo a los hechos cuando fue a entrevistarse con Aldo Rico. Es cierto se lo puede criticar pero también hay que destacar que en ese entonces había que tener muchas agallas para sentar en el banquillo de los acusados a los genocidas. Hoy no son pocos los que enarbolan la bandera de los derechos humanos pero parece que la descubrieron hace poco y ahora es fácil señalar y criticar cuando en América Latina y en el mundo civilizado no hay discusión sobre la importancia de la cuestión. La diferencia es que Alfonsín fue uno de los constructores de ese cambio, no sólo en el país sino también en la región y en el mundo. Por eso, no es casual que las publicaciones extranjeras destaquen esto en todas sus crónicas y lo denominen como el mandatario que llevó adelante el Nüremberg argentino.

Raúl Alfonsín también se encargó de cimentar las instituciones, y a pesar de ser el primer presidente de la democracia renacida, la Argentina en ese entonces parecía bastante más civilizada que la actual. La política era de mejor calidad y existía el diálogo. El día de la asonada militar de Rico cuando Alfonsín anunció que iba a verse con el militar rebelde, a su lado estaba Italo Luder, a quien había derrotado en las elecciones. Hoy es inimaginable una foto así. No cabe duda que la Argentina ha bajado su calidad institucional y las agresiones reemplazaron a la búsqueda de un consenso real y no declamado.

Alfonsín también fue el que impulsó la ley de divorcio vincular plantándose a la Iglesia que sentenciaba el fin de la familia, y terminó siendo todo lo contrario porque gracias a eso pudieron regularizar su situación más de seis millones de argentinos. No dudó en firmar con Carlos Menem el Pacto de Olivos para que éste tuviera su reelección, pero aprovechó a colar varios institutos que posibilitaron que hoy tengamos una constitución de avanzada. Es cierto también que en esas reformas también se colaron algunas por cierto negativas, pero el balance sigue siendo bueno. Tuvo la visión de poner los primeros ladrillos de lo que es el Mercosur y también puso la piedra basal para terminar las disputas fronterizas con Chile que casi nos llevan a una guerra. Todos estos fueron los legados de Raúl Alfonsín. Un político tozudo, contradictorio, democrático, a veces errado y otras acertado.

El mejor homenaje que pudo recibir Raúl Alfonsín fue toda esa gente que se acercó a su casa a despedirlo con velas y banderas argentinas, y los que se acercaron al Congreso a verlo por última vez. ¿Cuántos políticos de los que hoy parecen poderosos serán despedidos así?. Hoy el pueblo despide a un estadista.

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